La primera verdad es que no existe una receta que te prepare para esta aventura. Por más información que hayas obtenido en tus búsquedas virtuales, por más preparado que te sientas, migrar es algo que cada quien debe vivir a su manera. Trae consigo retos que van mucho más allá de un papel apostillado o de saber cuál es la mejor zona para vivir.
Quien decide emigrar —por la razón que sea— busca un lugar mejor. Pero me atrevería a decir que, en el 100% de los casos, nunca dimensionamos que llegar a ese “lugar mejor” implica confrontarnos. Implica liberar partes de nosotros que muchas veces no sabíamos que estaban ahí: molestias, incomodidades, nostalgias.
Nadie nos cuenta que, para llegar a ese destino soñado, primero debemos mover el piso de nuestro “lugar conocido”. Aunque suene obvio, cuando nos encontramos extraños en tierra ajena, ya no es tan fácil de ver. Para ser justos, mover lo conocido también trae confirmaciones, sorpresas, celebraciones y el descubrimiento de nuevas habilidades. Pero es innegable que el mundo nos cambia; no solo porque cambiamos de ciudad, sino porque, inevitablemente, cambiamos de piel.
Cuando emigré, lo hice porque en mi país, Venezuela, la vida “normal” se había vuelto insostenible. La represión, los cortes de luz, los paros educativos y la escasez crearon un cúmulo de caos que activó en mí la necesidad de huir hacia una vida mejor.
Recuerdo que antes de tomar la decisión, junto a mi esposa (que en ese entonces era mi novia), ya habíamos viajado a Argentina y a Colombia. El “bichito” por explorar y conocer el mundo ya existía; solo vimos la oportunidad idónea para emprender el viaje y la tomamos.
Cada quien tiene una razón o una circunstancia diferente, pero igual de válida. Sin embargo, independientemente de lo que nos empuje a revivir esa condición epigenética de nómadas que todos llevamos dentro, el primer paso siempre es el mismo: sentir el duende, la energía de la valentía, de la curiosidad, del explorador.
(Con esto no quiero decir que quienes no emigran no sean valientes; en un país como Venezuela, quedarse también es un acto de valentía).
Ese impulso que te pica es el que te da la fuerza para iniciar la aventura. Trae la emoción de los nuevos horizontes, aunque ya sabemos que el contrato viene con letras pequeñas: la condición de desdibujar todo lo que conocíamos y desarmar el ego que construimos por años, para volver a armarlo con las piezas que este nuevo capítulo nos ofrece.
A pesar de todo este proceso de reconstrucción del nuevo “yo”, mi primer consejo es aferrarse a esa energía inicial. Nunca olvides al ser valiente que habita en ti y que te animó a dar el primer paso. Somos valientes.
Desarmar nuestro yo y mover lo conocido no es tarea fácil, pero es un peaje inevitable que decidimos pagar al emigrar. Viene incluido en esas “letras pequeñas” de las que no somos conscientes al principio.
Y esto pasa naturalmente; ni siquiera debemos preocuparnos por forzarlo. El solo hecho de llegar a un lugar donde la cultura, las tradiciones y los modismos son diferentes, ya nos impone nuevas reglas de juego.
Cambiar es lo más natural y seguro que tendremos en nuestra vida. Aunque tratamos de aferrarnos a lo conocido, siempre estamos en transición; la impermanencia es una verdadera amiga. Por eso digo que la migración es como hacer un máster o un doctorado en cambio.
Caminar estos capítulos, donde nos cambia hasta el acento, puede ser menos retador si contamos con un manual de nosotros mismos.
¿Y cómo se come eso? Si realmente nos damos a la tarea de comprender y conocernos profundamente, ese manual aparece. Es averiguar de dónde vienen nuestras creencias. ¿Por qué valoramos lo que pensamos que es importante?
El autoconocimiento consciente es el primer paso para aprobar este doctorado. Y, honor a la verdad, conocerse en profundidad también tiene sus retos. Pero como todo camino con dificultad, al final del túnel encuentras una versión de ti más resiliente, integral y evolucionada. Pasas de ser un individuo de una sola nacionalidad a ser alguien que abrazó el cambio y que ahora puede afrontar cualquier cosa con más sabiduría.
Eso es lo que trae cambiar de piel en otro lugar. Bajo mi perspectiva, debe hacerse con valentía, con paciencia y con mucha curiosidad por nosotros mismos, para así no perderse en el camino.

