Sé que para algunas parejas emigrar fue o es complicado; en cambio, para otras, surge esa frase reveladora: “Sin esa persona, no lo hubiera podido lograr”.
Vivir en pareja ya es, de por sí, una decisión que consolida la relación o la pone a prueba, dependiendo de los involucrados. En mi experiencia personal, fue re-enamorarme en una etapa inédita: construirnos en ambientes donde ya no estaba lo conocido ni la familia, y visionar un futuro entre sueños e incertidumbre. Vivir juntos es, en definitiva, una de esas experiencias vitales para crecer en muchos aspectos, pero si le agregamos la migración… es como si le cayera una rodaja de cebolla a una copa de vino.
Como hemos visto antes, emigrar es un acto de deconstrucción, de desdibujar ese ser que yo era antes. Es dejar de ser “eso que fui” para crear un nuevo personaje que se adapta y crece en un contexto distinto. Pero, ¿qué pasa cuando somos dos en el mismo barco?.
Es difícil encajar en una sola explicación una empresa tan compleja como la de migrar en pareja, o pretender abarcar las historias de todos los que migran de a dos. Cada par vive la experiencia según sus posibilidades, sus circunstancias y el contexto que eligieron. Sin embargo, hay ciertos puntos universales que podemos compartir.
Primero, adentrémonos en lo individual. Sabemos que cada uno está pasando por sus propios duelos, dificultades y procesos de adaptación; en algunos casos hay nostalgia, angustia o depresión, y en otros, estados mentales de pura supervivencia. Si a esta mezcla de dos personas con ganas de surgir le sumamos creencias limitantes y visiones de vida diferentes… ¡voilà!.
Tenemos la receta perfecta que, dependiendo de la pareja, puede terminar siendo un pastel de caos constante (y la posible ruptura de un proyecto de amor que no pasó la “prueba”, aunque más que prueba es enseñanza) o un pastel de resiliencia y crecimiento de una historia que se contará hasta que la muerte los separe.
Para mí, el éxito de este proyecto depende en gran medida de si estamos dispuestos a mirar a la persona que escogimos para esta epopeya moderna como lo que realmente es: el maestro o la maestra de todo lo que nos falta en nuestra vida.
Cuando escuchaba a Calle 13, me gustaba mucho una frase de Residente: “Yo soy la vida que ya tengo, tú eres la vida que me falta”. En resumidas cuentas, eso es nuestra pareja. Pero, por favor, no me tachen solo de romántico por evocarla; nada más alejado de la realidad. No es que ese personaje, que decidió invertir su vida en transitar este camino con nosotros, tenga la obligación de darnos “lo que nos falta”. Tal como yo lo interpreto, significa que elegimos a nuestras parejas para que nos enseñen todo lo que no somos.
Emigrar de a dos es apoyarse en lo económico, en lo emocional, en lo social y en lo profesional, pero sobre todo es aprender del otro. Es observar en ese compañero o compañera de vida lo que yo también puedo llegar a ser. Claro que, para convertirnos en aprendices, debemos dejar afuera todo lo que creemos saber. Por algo lo elegimos: no para que cargue con uno, sino para que acompañe en las cimas y en las caídas, enseñándonos aquello que no somos.
Y esto funciona en doble vía; la responsabilidad es mutua. Tú también tienes la tarea de enseñarle. Quizás ahora te preguntes: ¿cómo lo podemos hacer?.
Mi sabia madre me dijo una vez de manera clara: “Toda relación necesita de tres cosas: Amor, Respeto y Comunicación”. Suena amplio, sencillo e incluso cliché, pero aquí te diré lo que he descubierto con el tiempo para llevar mejor ese rol de maestro y aprendiz en el viaje migratorio:
1. Amor: No hablo del romántico, el de las películas. El amor es una forma de llamar a un estado mental de aceptación que nace de la calma y la paz interior. Amar es, en resumen, aceptar al otro tal y como es. Para ello se necesita un trabajo profundo: calmar mis propias expectativas. No puedo aceptar al otro si en mi cabeza hay un sinfín de ideas rígidas de cómo “debería” ser la vida o cómo “debería” comportarse mi pareja. Desde ahí no puedo amar, porque no estoy en paz para ver al otro sin etiquetas. Es lo que hacen la mayoría de las madres con sus hijos: verlos sin juicios, con paz y calma. Eso es amor.
2. Respeto: Aquí no se trata de respetar “para que me respeten”, como si firmáramos acuerdos de guerra. Se trata de escuchar, observar, entender y luego comprender. Es un acto que deriva del amor: una vez que logras trabajar tus expectativas y despojar al otro de lo que crees que debe ser, empiezas a respetarlo por lo que es. Y también empiezas a mostrarte como tú eres en realidad. El respeto es ese acuerdo común que nace de verse con los ojos del amor, de escucharse al punto de entenderse sin hablar, de acompañarse en silencio y de preguntar genuinamente: “¿Qué puedo hacer por ti hoy?”.
3. Comunicación: Sin lo anterior, esto no anda. La comunicación es una consecuencia de los otros dos puntos. Primero me observo, reevalúo mis creencias y etiquetas; luego la miro a ella (o a él), le escucho y le observo por lo que realmente es. Aprendo y le enseño solo con mi presencia. Entonces, al decirle algo, lo que sea, será claro, porque viene desde el amor y el respeto. La comunicación real solo se puede construir así.
Llegar ahí no es fácil. No es solo para iluminados o parejas bajadas del cielo, pero sí es para quienes quieren remar más allá de nuevas fronteras, para los que realmente quieren crecer en nuevas latitudes. Y aunque esto trasciende el hecho de migrar, pensar en ello ayuda incluso más: si logramos esto, ya no nos tendremos que preocupar por la relación, y así nos podremos ocupar de todo lo demás.

