Aliens en culturas lejanas

Siendo emigrantes, entendemos el título; no hace falta explicarlo más.

Entre las tantas cosas que hacemos los seres humanos para agregarle variedad a esa pintura que llamamos vida, está el diferenciarnos: por culturas, por tradiciones, por regiones, por credos y por todo aquello que nos hace únicos y parte de algo.

Ser diferentes es una característica que aporta color y sazón a la existencia. Sin tanta variedad, el mundo sería, sin lugar a dudas, un sitio aburrido; puedo apostar que esa curiosidad es una de las razones por las cuales muchos deciden cruzar fronteras.

Pero una vez inmersos en la realidad, por lo menos a mí se me ha cruzado el sentimiento opuesto a esa celebración de la diversidad: “Si somos todos humanos, ¿por qué somos tan diferentes?”. Y es que esa “sazón”, que antes percibíamos como color y cultura, en algún punto nos toca el ego. Nos choca ver que no comprendemos del todo lo que hablan, lo que hacen o incluso lo que comen: “¿Por qué le echan plátano a la sopa?”, “es incómodo saludar siempre de beso”, “ellos a veces son tan distantes y fríos”.

Visto desde afuera, como turista, descubrir una cultura nueva es algo hermoso. No me malinterpreten, es una de las cosas más exquisitas que tiene la vida. Pero cuando empiezas a jugar de visitante permanente, las reglas cambian y las cosas se tornan complicadas.

En cierto punto, tenemos que realizarnos una suerte de “lobotomía psicológica” para cambiar nuestros hábitos, nuestra forma de pensar y nuestra perspectiva hasta lograr adaptarnos al nuevo entorno. Este cambio podría definirse, en definitiva, como una deconstrucción del personaje que éramos para convertirnos en el resultado de ese choque cultural: la unión de la vida que ya tengo con la vida que me falta.

Los más airosos terminan adoptando el acento local y volviéndose uno con el medio. Sin embargo, existe un pequeño reducto de rebeldes y un poco inadaptados (sin que esto se tome como insulto; es que realmente no se quieren adaptar) que luchan por mantener su acento y sus comidas. Quizás, en el mejor de los casos, logran tener un balance.

Adaptarse es difícil, vengas de donde vengas y seas quien seas. Cambiar de “avatar” es un proceso por momentos arduo y por momentos gratificante; no hay una fórmula mágica que te diga cómo debes hacerlo. Por supuesto, ayuda realizar actividades locales y buscar círculos afines, pero es complejo. En el fondo, debes dejar de ser quien siempre has sido para introducir nuevas piezas en ti. A veces eso se siente nostálgico, porque se aleja lo que fuiste, pero también esperanzador, porque surge un nuevo tú.

Pero, ¿quién eres tú? Una pregunta que a veces parece necia… ¿Cómo no voy a saber quién soy? ¿Quién más que yo para saberlo?. Pero, en serio, ¿por qué haces lo que haces? ¿Es por decisión propia o porque lo aprendiste de tu entorno?.

Eres lo que eres porque te lo enseñaron. Tu familia, tu gente, te lo enseñó así. Nuestras creencias, nuestra escala de valores y la forma en que vemos el mundo nos persiguen siempre, porque no se puede desaprender tan fácilmente lo que fuimos y cosechamos durante años. Adaptarse es, en parte, un proceso de mucho autoconocimiento profundo y genuino. Es entender qué piezas de mí —qué ideas, qué creencias— son las que realmente me siguen haciendo sentir como un “bicho diferente” o, simplemente, me impiden entender al otro y al entorno.

Desprenderse del pasado no significa dejarlo de lado; significa no aferrarse, para que lo nuevo pueda convivir con lo viejo. En ti radican muchas posibilidades, muchas formas de ser. Es solo aprender a abrir aquello que todavía nos detiene para poder ser esa persona que es de aquí y también de allá.

Nunca serás como ellos, y eso está bien; nadie quiere eso. Tú eres lo nuevo que les trae la vida para aprender otro punto de vista, así como ellos lo hacen contigo: es un intercambio simbiótico. Seguir agarrado del pasado por miedo a “perder las raíces” no es la mejor forma de adaptarse. Y repito: no digo que dejes de lado quien eras, sino que puedas abrir más espacio en tu armario para tener otros disfraces, otras formas de ver el mundo. Eso sí es adaptarse.

Conociéndose primero, y luego escuchando y observando con atención el alrededor.