Modo supervivencia activado

Sé que no todos atraviesan esta etapa; hay quienes han podido realizar una migración ordenada, con buenos recursos y sin sentirse al borde del abismo, al menos en lo económico. Pero existe un grupo —numeroso— que ha vivido este estado en su más pura esencia.

Dependiendo de cómo haya sido tu migración, quizás conozcas esa sensación: sentirse alcanzado a fin de mes, la incertidumbre constante de si podrás lograrlo, o pasar noches en vela ideando fórmulas para que todo funcione. A todo esto es a lo que yo catalogo como estar en “Estado de Supervivencia”.

Repasemos los hechos: viajas a un nuevo país para establecerte y empezar de cero. Literalmente. Según tus contactos o tu networking, el aterrizaje puede ser más o menos suave, pero la realidad es que no tienes tu círculo de apoyo cerca. Todo es nuevo. No se trata solo de lo laboral o lo económico; es el reto de integrar todo lo que trae este nuevo lugar. Si a eso le sumamos la presión interna… ¡voilà!: Estado mental de supervivencia activado.

Tener este “interruptor” encendido no está del todo mal, al menos hasta cierto punto. Eres como un jugador que entra a una partida nueva con recursos limitados, donde casi todo lo vas a tener que crear desde la nada.

Podríamos ilustrar este estado con una frase que decía un amigo de la casa: “el perro que te ladra”. Es esa voz interna que te recuerda a cada rato que debes estar atento, que debes mejorar, que “falta para la comida”, que “falta para la renta”, que hay que crecer. Es una forma de alimentarse de ganas y adrenalina, pero hay que tener cuidado: no está bien vivir así eternamente.

Cuando llegué a Colombia, lo hice porque tenía conocidos que me brindaron la oportunidad de llegar con mi esposa sin tener que pagar alquiler de inmediato. Pude empezar con ayuda, pero tenía que labrarme mi propio camino: mi carrera, mis contactos y mi estadía. Crecer en un lugar donde, a diferencia de mi hogar, no conocía a casi nadie.

No puedo negar que esa presión despertó en mí la creatividad, la valentía y la necesidad de preguntar y solucionar. Pero también trajo noches sin dormir, pensando en todos los escenarios posibles donde las cosas salían mal. Se siente un peso gigante al tener que “echar para adelante” mientras la incertidumbre te respira en la nuca. Mantenerse ahí por mucho tiempo no es sostenible; puede traer consecuencias graves como el burnout, la depresión o la ira.

Salir de ese estado debería ser el paso natural cuando se alcanza la estabilidad. Sin embargo, hay quienes les cuesta desactivar la alerta.

Incluso estando estables, sé que hay momentos donde el instinto de supervivencia se reaviva. Y aquí es donde es vital levantar la mano y hablar. Pedir ayuda. Porque aunque somos valientes y creativos, seguimos siendo humanos. Los retos siempre estarán a la vuelta de la esquina, y mi consejo es: aprendamos a decir “no lo sé todo”.

A veces es difícil, lo sé. No está en nuestro ADN mostrarnos vulnerables, o pensamos que nos verán débiles. Pero nadie llega realmente lejos solo. Está bien pedir un consejo; está bien dejarse ayudar.

Como migrantes, muchas veces nos convertimos en el sostén de nuestra familia, tanto en el nuevo país como en el de origen. Nos volvemos un pilar para nuestro entorno y, sin darnos cuenta, eso nos ancla en el estado de alerta: “Lo tengo que hacer mejor… por ellos”. El “perro” sigue ladrando aunque ya estemos solventes, como si el estrés se hubiera quedado grabado en nuestras venas.

Si estás en ese momento, quiero que pienses en algo que una amiga le dijo a mi esposa una vez: “Qué arrecho es pensar que ya no somos los mismos que llegaron hace años”.

Y, en efecto, hemos cambiado. Hemos crecido. Si aún no sientes que has llegado a ese punto, créeme: lo vas a hacer. Vas a crecer y vas a cambiar para bien.

Personalmente, mantener a ese “perro ladrando” en una dosis pequeña —o dicho de otra forma, salir de mi zona de confort— me resulta reconfortante porque me reta. Me hace descubrir facetas de mi ser que no había explorado. Pero siempre debo recordar que puedo levantar la mano. Siempre hay alguien dispuesto a ayudar si yo estoy dispuesto a ser ayudado.

Ya no soy el mismo que llegó hace 7 años. He crecido, he madurado. Y tú también lo has hecho.